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Artist Statement
Estamos en agosto, en medio del verano, y Grazalema es una delicia. Pasan las horas dulces, remolonas, subiendo y
bajando por las calles del pueblo, dejándonos ver en el bar de la plaza, tomando una cerveza en el “Puerto Banús” de la Sierra, las
piernas cansadas de tanta cuesta, pero el ánimo feliz, dejando que el tiempo se escurra generosamente, sin escatimar un segundo.
A las siete nos recoge Quico, esperamos sus toques secos en la puerta: “¿lleváis agua?” pregunta, y nuestra respuesta autosuficiente
“¡cómo no, una botella de a litro!”. Y se la enseñamos, por si acaso lo dudara.
Partimos contentos, dispuestos a la aventura, y subiendo hacia la izquierda enfilamos hacia el Peñón Grande, objetivo de nuestros
esfuerzos, precisamente el lugar elegido entre tantos otros posibles, el que más nos interesa. Ya desde el primer día intuimos su
fuerza, su poder evocador, y no nos decepciona. Él, dueño y señor del territorio, bajo su presencia acontece todo lo que el ojo
abarca. Luz y sombra, verde vegetal, el gris de la piedra abandonada, el pico rompiendo el azul. No hay nubes, todo es azul,
rodeándonos, inundando los campos, todo azul, mientras el sol cae. Las ovejas, sorprendentemente grandes, llaman mi atención. Suben
una detrás de otra el monte, en fila, meneando sus largos rabos, rompiendo el aire con sus balidos.
Cada uno elige su lugar, como decía Castaneda en su Don Juan todos tenemos nuestro sitio: Quico entre la maleza, en una piedra
solitaria que desafía a las zarzas, bajo la sombra benéfica de los pinos, y David en medio de la vereda, un poquito hacia la
izquierda y despreocupado del sol que todavía a estas horas hiere. Yo, más comedida, me sitúo en un claro despejado, donde los rayos
del sol no me alcanzan.
Se nos pasa el tiempo en silencio, sólo las sombras y su lento discurrir nos advierten de que pronto llegará el anochecer. De repente
una bandada de pájaros se deja caer y revolotea sobre nosotros. Al principio lo hacen con cuidado esperando atentamente nuestra
reacción, pero luego, tras comprobar que somos inofensivos, despliegan a nuestro alrededor todo el poder de sus alas, trastocando las
preposiciones (como si a ellos les importara algo) y el sobre se convierte en entre, y David y yo nos vemos envueltos en el aire que
baten, sus cuerpos como negros proyectiles que cruzan el espacio frente a nuestros ojos, rozando nuestras orejas. ¡Bendito atardecer
siendo uno más con los pájaros!
Las sombras alargadas del peñón caen sobre la carretera, la luz huye rápidamente mientras Quico, que estira las piernas después de
dar por acabados unos apuntes, se pierde entre los pinos del fondo, sólo una mancha rosa en la distancia. Miramos nuestros cuadernos
y, felices, pensamos que la tarde ha sido provechosa. Las ovejas vuelven de su paseo, ruidosas entre las peñas. Un caballo blanco
aparece, como una visión, en lo alto de la loma. Quico regresa y nos propone un piscolabis en la Atalaya. Ya lo he dicho antes, era
agosto, en medio del verano, y Grazalema era una delicia.
Prado Melero |
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